El mineral olivino, producto de procesos volcánicos o glaciares, da origen a estas playas únicas y plantea desafíos para su preservación.

Existen solo cuatro playas en el mundo donde la arena adquiere un tono verde intenso, un fenómeno geológico tan raro como fascinante. Su color proviene del olivino, un mineral cristalino que surge de antiguos procesos volcánicos o glaciares y que, al acumularse en la costa, tiñe el paisaje de un tono esmeralda.

Estas playas se encuentran en lugares tan distantes como Papakōlea en Hawái, Punta Cormorant en las Islas Galápagos, Hornindalsvatnet en Noruega y Talofofo en Guam. En cada caso, las condiciones geológicas y climáticas fueron determinantes para que el olivino permaneciera visible, sin ser erosionado o cubierto por otros sedimentos.

Por su rareza y fragilidad, estos destinos enfrentan importantes desafíos de conservación. La extracción de arena o el turismo sin control pueden alterar el delicado equilibrio natural que permite la existencia de estas joyas geológicas, cuya belleza depende de procesos que tardaron miles de años en formarse.

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