Interrupciones, descalificaciones y silencios forzados marcan las audiencias penales. Aunque rara vez se denuncian, las prácticas de maltrato entre jueces, fiscales y defensores son un tema incómodo que expone las dinámicas de poder en los tribunales.


En los tribunales penales de Neuquén, no son extrañas las escenas en las que un juez interrumpe de manera brusca, descalifica un argumento o limita la palabra de fiscales y defensores. Para algunos, se trata del rigor propio del debate judicial; para otros, de un ejercicio de maltrato que se repite en las salas de audiencia sin dejar huella en registros oficiales ni sentencias.

El fenómeno se mantiene en la sombra porque son pocos los que se animan a denunciarlo. El temor a represalias, la falta de confianza en los mecanismos de resguardo y la certeza de que todos los protagonistas volverán a encontrarse en los mismos pasillos judiciales pesan más que la posibilidad de exponer estas conductas.

Lejos de ser episodios aislados, las prácticas de maltrato forman parte de una cultura arraigada: la de un poder judicial en el que la voz del juez se impone como verdad última. En una provincia pequeña como Neuquén, donde fiscales, defensores y magistrados se cruzan a diario, soportar el malhumor ajeno suele parecer menos riesgoso que enfrentarlo.

Tendencias